6. ene., 2018

El juego de los mensajes encriptados

Tengo muchas anécdotas de mi niñez junto a mi padre. Algunas resultan muy interesantes. Ojalá más niños tuvieran un padre hoy como el que yo tuve la suerte de disfrutar. Su forma de enseñar y de educar era fantástica.

En aquel entonces era más normal el que los padres se hicieran tiempo de calidad para sus hijos y viceversa. Los adultos trabajaban la misma cantidad de horas que hoy en día, pero no habían tantas distracciones, y principalmente; no existían los celulares, computadoras, ni la internet.

Mi padre tenia un sin número de juegos que compartíamos, y aunque yo pensaba eran simples pasatiempos, encerraban un nivel de educación y entrenamiento que yo desconocía en ese entonces.

A los cuatro años me enseñó a jugar al ajedrez. También jugábamos al dominó y a las damas. Una de las grandes lecciones que aprendí de jugar al ajedrez con mi padre fue que no se trataba de ganar, sino de descifrar al adversario. En una sociedad que incita al humano de ser el número uno en todo, donde nos focalizamos en derrotar al otro, perdemos de vista las estrategias de juego y el verdadero significado de las cosas. Según mi padre, solo se podía vencer al ajedrez si nos adelantábamos mentalmente al movimiento del oponente. La meta no era la victoria, sino el descifrar a quien teníamos delante nuestro. Con el tiempo si jugábamos repetidas veces con la misma persona hasta podíamos detectar cuales eran sus estrategias habituales.

Otro juego con el que solíamos pasarnos horas era con el “barco hundido”. Nuevamente el sistema era el mismo que con el ajedrez. No había que centrarse en ganar hundiendo todos los barcos de nuestro oponente sino tratar de descifrar donde esa persona había colocado sus barcos, y así con el tiempo determinar patrones de conducta en el juego. Quien solo jugaba a ganar se perdía la mitad del pasatiempo, y tal vez, la parte más interesante y la más nutritiva en cuanto al ejercicio mental.

Mi padre amaba la música clásica, aparte de eso solo lo vi escuchar en disco de pasta a Charles Aznavour o a Edith Piaf.

En ese tiempo con mi madre escuchábamos a Abba y a Rafaela Carrá en disco de vinilo. Nos pasábamos con el “explota, explota me explo, explota explota mi corazón” y el otro famoso hit; “5353456, el teléfono dice que tu no estás”. Mi madre siempre fue un calco de Rafaela Carrá; cuerpo perfecto, menuda, cabello rubio y lacio bien pesado cortado en carré. Con ella cantaba y bailaba, pero con mi padre no podía hacerlo con su música clásica, así que mi padre encontró otra forma de interesarme en su gran pasión sin que me aburriera siendo una niña.

Me explicó que cada sinfonía tenia un significado, y que los acordes musicales representaban a las imágenes que se cruzaban en la mente del compositor mientras creaba su obra. Nada sencillo de entender para una niña pequeña así que mi padre me dibujaba las sinfonías. Era un excelente dibujante. Con gran velocidad a medida que se desarrollaban “las cuatro estaciones” de Vivaldi o “la consagración de la primavera” de Igor Stravinski, iba dibujando escenas que representaban los acordes que salían de la radio. El escuchaba la emisora de música clásica “El Sodre” todo el día. Así yo visualizaba la música y le encontraba un sentido mucho más profundo. Obviamente la película “Fantasía” de Walt Disney se volvió una obra de culto para nosotros. De esta forma logré comprender el mensaje oculto tras la música sin letras.

Otro pasatiempo que teníamos era jugar con diapositivas. De sus años viviendo en París (cuando hizo sus dos post doctorados en nutrición animal y fisiología) había regresado al Uruguay con un proyector de diapositivas y una colección completa de las obras del museo del Louvre. Así descubrí a la enigmática Gioconda y a dos de mis esculturas favoritas; la Venus de Milo y la Victoria alada de Samotracia. Resultaba una amena forma de aprender historia universal ya que me contaba el porqué de cada escultura o pintura. Me estimulaba además a tratar de descifrar que había querido representar el escultor o el pintor. Nuevamente me estaba enseñando a leer entre lineas. El agarraba cualquier diapositiva al azar y me preguntaba si recordaba que era y cual era su historia. Me resultaba fascinante.

Ademas de ir al cine a ver los clásicos para chicos íbamos a exposiciones de arte. Aprendí a disfrutar diferentes estilos de expresión en plástica, siendo mis dos exposiciones favoritas, la que se realizó sobre estilo Bauhaus cuando yo tenia unos ocho años aquí en Montevideo (aún conservo el libro) y otra exposición de pintura del fallecido Vito Campanela (italiano).

No teníamos tiempo para el aburrimiento y el tedio.

Jugábamos también a la compra/venta de verduras y frutas con dinero real así yo aprendía a pagar y a dar el cambio. Mi dislexia siempre me dificultó las matemáticas, hacerlas parte de los juegos me ayudaba mucho. Pero creo la máxima expresión del ingenio paterno se la llevó mi viejo con los mensajes encriptados para descifrar. Para mi eso era la frutilla de la torta.

Teníamos varios sistemas, aún recuerdo dos. Mi madre quedaba al margen de estos juegos porque realmente no le interesaba. Tenia ya demasiado estrés con la limpieza de una casona enorme, muchas mascotas conviviendo con nosotros, llevarme y traerme de la escuela, las reuniones del colegio y trabajar en los negocios de mi padre.

En ese tiempo entre las tantas actividades de mi viejo estaba el dar clases como médico veterinario en el interior del país, lo cual lo ausentaba de casa varias veces al año. Yo veía entonces disminuidos mis juegos con él, y por ese motivo inventó lo de los mensajes encriptados.

Le dejaba a mi madre al marcharse hojas en blanco que ella debía darme en determinados días pre asignados. Mi madre solía mirar las hojas en blanco dobladas en cuatro y le decía “ustedes están locos, aquí no hay nada escrito”. Mi padre le pedía que por favor entregara las hojas en el orden establecido.

Para cualquiera que las viera eran hojas vacías, pero no era así, había un mensaje oculto en cada una.

Una de las tácticas de mi padre era escribir sobre dos hojas. Luego de finalizar el mensaje rompía la hoja escrita de arriba. Quedaba la hoja de abajo marcada con la presión del lápiz sin que uno lo notara a simple vista. Sombreando con mucho cuidado la hoja con un lápiz Faber N°8 aparecía el mensaje.

Otro sistema que utilizaba era escribir sobre una hoja en blanco con una pluma de tinta antigua que mojaba en jugo de limón. Así luego que secaba la hoja quedaba como nueva pero si se le acercaba una vela encendida, un fósforo o un encendedor sin quemar la hoja, el mensaje quedaba marcado, porque el jugo de limón pasaba a tener color con el calor.

Luego venia la segunda etapa, que era descifrar el mensaje. Normalmente era una clave que podía llevarme largo rato de divagaciones varias y posibles interpretaciones. Todo conducía finalmente a chocolates, caramelos o chicles escondidos en la casa estrategicamente mientras yo estaba en la escuela. La separación entre días para la entrega de las hojas no solo era para mantenerme entretenida la semana que se pasaba afuera mi padre, sino también para que no me empachara de dulces en dos días. Luego cuando el regresaba a casa discutíamos el tiempo que me había llevado descifrar cada mensaje, así mi viejo se esmeraba más en las adivinanzas a medida que yo las descubría fácilmente.

Todos estos juego sin saberlo me favorecieron a futuro en mi etapa como investigadora científica, y actualmente como investigadora de misterios e interrogantes humanas varias.

Si será importante el tiempo que se le dedica a los niños. Hoy lamentablemente los padres regalan más notebooks, tables y teléfonos inteligentes que tiempo en juegos personalizados sin tecnología mediante.