21. oct., 2017

Los benteveos y la cotorra Loli

Era comienzo de primavera. Frente a la cátedra de fisiología y nutrición animal de la Facultad de Veterinaria había un frondoso y pequeño bosque. Sus altos árboles se mecian con ganas en sus copas y zumbaban al viento.
Luego de una intensa noche de fuerte tormenta mi padre a las 8 de la mañana llega a trabajar a la universidad. Estaciona su auto y al descender escucha un llanto de pájaro herido. Comienza a buscar por entre las ramas rotas y encuentra a tres benteveos bebés gritando, asustados y mojados. Las alitas lastimadas y sin padres a la vista. Los entra a la cátedra y los coloca en una caja forrada por el buzo de lana que llevaba puesto.

Suena el teléfono en casa, atiende mi madre y él le pide me pase la llamada.

- ¡No sabes lo que tengo aquí! Tres pájaros hambrientos y lastimados. Cuando regrese a casa los llevo conmigo. Sácale a Loli su jaula y acondiciónala por favor que está toda sucia.

Loli era nuestra cotorra. Llevaba años con nosotros. Había aparecido caída junto al pino de la entrada de nuestra primer casa también con una alita rota luego de una noche de tormenta, no se había querido ir luego de recuperada.

Loli dormía sobre la heladera, esta cubierta con papel periódico (para no ensuciar), allí tenía su jaula.
Pero ella no estaba encerrada, andaba suelta por la casa. Dentro de la jaula tenia su tacho de comida y de agua. Cuando tenia hambre o sed ella abría la jaula y entraba a servirse.
Si hacia calor dormía sobre la jaula, pero si hacia frío se metía adentro y nosotros tapábamos la jaula con una manta.
Su snack preferido eran las semillas de girasol, por lo que plantábamos en nuestro jardín esas hermosas flores que giran buscando la luz.
De siempre ha sido la flor de girasol y la de jazmín mis flores favoritas. Por eso uno de mis perfumes preferidos es el Sunflower de Elizabeth Arden.

Loli podía pasarse horas abriendo semillas de girasol y escupiendo su cáscara.

Loli no se puso muy contenta cuando quité su jaula de arriba de la heladera para limpiar. Se pasó protestando horas.

Finalmente llegó mi padre en la tarde con los benteveos. Ya estaban menos asustados y no temblaban. Se acomodaron bien en la jaula y comieron con ganas.
Loli demostró su disgusto por la presencia de los intrusos volando por toda la casa a los gritos.

Cuando mi madre cocinaba, Loli solía posarse sobre uno de sus hombros y le mordisqueaba una oreja si veía algo que quería probar.

Los días transcurrieron en casa con los benteveos recuperándose de las heridas y ganando peso mientras Loli los vigilaba atentamente. Yo los había bautizado como Hugo, Paco y Luis, en honor a los sobrinos del famoso pato Mc Donald.

Mi padre me había ya explicado que al sanar y crecer quedarían en libertad, que ese era el estado natural de los pájaros, y que Loli estaba con nosotros por voluntad propia y sin necesidad de rejas.

Y llegó el día de la liberación. Que tristeza para mi. Me había encariñado con ellos. Fuimos con la jaula al mismo lugar donde habían caído de su nido, me senté en el pasto y abrí la jaula; ninguno quiso salir. Estaban asustados y desconfiados de tanto sonido de pájaro alrededor.

Los fui sacando de a uno y colocándolos sobre mi brazo izquierdo. Lentamente fueron acomodando sus alas. Luego de unos largos 15 minutos volaron hacia la copa de los arboles.
Los empece a llamar por su nombre y me respondían con el clásico trinar de los benteveos.

Durante varios dias concurri al mismo lugar a llamarlos y obtenía sus respuestas.
Finalmente, asi como los liberé de su jaula, tambien los liberé de mi alma.