21. oct., 2017

El perrito atropellado y el Hospital de San Francisco de Asis

Los domingos con mi padre teníamos un ritual; ir a desayunar juntos al bar de 18 de Julio y Tristán Narvaja y luego recorrer la famosa feria de "pulgas". A el le gustaba el reciclaje tanto como a mi ahora. Compraba piezas antiguas y con ellas armaba muebles o artefactos varios. La mesa de mi living esta fabricada con la parte inferior de una silla de barbero, y en la casa donde vive mi madre tengo una lámpara de pié en bronce hecha con partes adquiridas en esa feria de Tristán Narvaja.

Era domingo de primavera y yo tenía unos 12 o 13 años. Hermoso día soleado. Aproximadamente a las 9 de la mañana Íbamos en nuestro Ford Scort azul del 79 por Avenida 8 de Octubre rumbo al túnel cuando a la altura de Garibaldi vemos como un auto atropella a un perro y se da a la fuga. El perro quedó gritando de dolor al costado de la acera.

Rápidamente mi padre (medico veterinario) detiene el vehículo, se baja y abre la cajuela del auto. Agarra su botiquín de primeros auxilios y me lo tira por la ventana. Me indica además que me pase al asiento trasero del auto enseguida. Toma una manta (siempre teníamos materiales de rescate y primeros auxilios en la valija del vehículo) y corre a levantar el perro atropellado. Yo con terrible ansiedad lo esperaba en el asiento posterior del auto. Me entrega al animal, abre el botiquín y comienza a atender una pata con fractura expuesta.
Me dice que hay que operar. Lo más cercano era el hospital de San Francisco de Asís en el centro. En esa época había atención publica para mascotas de urgencia en Montevideo, ya no hay por desgracia.

Uno de sus amigos y colegas estaba de guardia ese día. Ingresamos al paciente y rápidamente fue a evaluación y cirugía. El perro no tenía identificación pero si collar, así que supusimos tenía dueño. Estaba bien alimentado.

Mi padre ordenó me quedara en el hospital y en lo posible diera una mano a los veterinarios con la enorme cantidad de perros que esperaban turno ese domingo al menos sirviéndoles agua en la sala de espera, mientras el regresaba al lugar del accidente a tratar de averiguar si el perro accidentado era de la zona.

En esa época no existían celulares y las máquinas de foto eran de rollo así que empezó a tocar timbre casa por casa y a consultar con la gente, solo dando las características del animal. Y dio con sus dueños a las 2 horas de búsqueda. Eran personas de escasos recursos, y el animal se les había escapado. Mi padre les aseguró el perro iba a estar bien y que luego que saliera de cirugía y pasara unas horas de post operatorio el mismo lo llevaría de regreso a su casa. Les anotó el número de linea del hospital y les dijo llamaran y se informaran si querían novedades en las próximas horas. Todo el asunto duró hasta entrado ya el anochecer.

A todo esto y con la ansiedad del atropellamiento mi padre olvidó por completo avisar a mi madre de que nada nos había sucedido. Ella nos esperaba para almorzar. Recién a las 17 hrs recordó llamarla. Mi madre ya suponía estaríamos metidos en alguna emergencia con animales.
Salimos con el perro del hospital a las 19 hrs aproximadamente. Ya el perro entablillado y tranquilo con sedante y calmante.
Mi padre se ofreció gratuitamente a seguir atendiendo el caso diariamente a domicilio hasta que el animal se recuperara por completo.
La señora de la casa que era muy buena cocinera, nos lo agradecía con ricas tortas y pizzas caseras.