21. oct., 2017

El trébol de cuatro hojas

Cuando niña tenía fascinación por buscar tréboles de cuatro hojas. Cuando iba a los parques y veía un colchón de tréboles en el pasto me podía pasar rato largo revisando a ver si encontraba el famoso trébol de la buena suerte.
En aquella época nos entreteníamos con las cosas más simples.

De las etapas más bellas de mi niñez resultó ser el acompañar a mi padre en su trabajo de la Facultad de Veterinaria cuando era profesor grado 5 de fisiología y nutrición animal. No solo tenía acceso a los animales y el laboratorio, también a muchas actividades divertidas.
Cuando tenía escuela en la tarde solía pasar con mi padre unas horas durante la mañana, y cuando la escuela era de mañana, pasaba con él en la facultad unas horas en la tarde como "ayudante de laboratorio". Y estaba realmente convencida de que mi trabajo era serio y necesario.

Mientras mi padre dictaba sus clases y escribía en el pizarrón, yo era la encargada de borrar cuando él me daba la orden. También estaba encargada de acomodar las tizas blancas y de color junto con el gran borrador de madera, y de avisar cuando la caja de tizas se iba acabando.
Le daba de comer a las pobres ratas del laboratorio y solía atender el teléfono para risa de sus colegas de escucharme decir "cátedra de fisiología animal y nutrición buenas tardes que desea". Del otro lado al escuchar mi voz infantil solían quedar mudos unos segundos.
Muchas veces trabajando ya de adulta como investigadora científica en la Facultad de Ciencias al atender el teléfono y decir "oceanografía, con quien desea hablar" me acordaba de mi niñez.

Una mañana mi padre dice que me esperaba una sorpresa en la facultad. Yo ya imaginaba un bebé puma del zoológico, o algún ciervo que eran mis preferidos de atender.

En esa época mi madre confeccionaba mi ropa, casi toda en azul o verde que eran (y aún son) mis colores favoritos.
Mi padre le sugiere a mi madre que me vista de verde ya que estaba relacionado a lo que me esperaba, era una pista. Llegué a pensar que estarían internadas un par de cotorras como la que teníamos en casa.

Llegamos a la facultad y nos fuimos a los fondos de la cátedra de nutrición y fisiología animal. Estaba bastante silvestre esa zona en aquellos tiempos, donde habían varios recintos para animales con mallado. Uno de ellos estaba vacío y muy verde. Mi padre me anima a entrar, pero yo no veía ningún animal allí adentro. Ante mi consternación del recinto vacío me dice que busque un trébol de cuatro hojas. Y ahí me doy cuenta estaba parada sobre un césped de tréboles. Me pareció maravilloso y me tiré a revolver. Para mi sorpresa el primer trébol que vi era de cuatro hojas, y luego el segundo, y el tercero. Prácticamente todos eran tréboles de cuatro hojas ¡No podía creerlo! Eso era inaudito para mí ¡Era magia!

Ingeniería genética, una especie de trébol solo de cuatro hojas, no recuerdo cual era el motivo del “milagro”, salvo que era el experimento en genética de un colega de mi padre.

Ese día me llevé tréboles de la suerte para regalar a toda la familia y vecinos.

Un trébol de cuatro hojas es uno de los tantos tatuajes que tengo pendiente aún de hacerme.