Historias de vida

8. dic., 2018

Estaba de vacaciones con mi pareja en el Hotel L'auberge de Punta del Este (Uruguay). Disfrutábamos de una cabaña frente a un hermoso parque con piscina. La cama era king size y las sábanas eran blancas con acolchado de plumas. Se respiraba paz y solo se escuchaba el canto de los pájaros.

Todos creían que yo tenía la vida resuelta; una pareja perfecta, trabajo, un lindo hogar, una buena vida y paseos continuos. Pero por dentro yo no era feliz, aunque fingía bastante bien frente a los demás, salvo que uno no puede mentirse a si mismo las 24 horas del día.

Eran las dos de la madrugada y estaba desvelada. Mi pareja dormía y yo celular en mano leía en la oscuridad de la noche publicaciones en mi Facebook. A las dos y media decido intentar agarrar el sueño cerrando mis ojos.

Se hicieron las tres de la madrugada... seguía intentando dormir. A las tres y media volví a tomar mi celular y entré a Facebook de nuevo. Y ahí la vi. El posteo era desgarrador. Como tantos que vemos de animales en mal estado publicados en la red bichera. Su mirada era de tristeza profunda, su estado era lamentable y su historia también. Había aparecido tirada con un mes de vida adentro de una cuneta: desnutrida, deshidratada, con sarna.
Me puse a llorar en silencio, yo ahí rodeada de lujos y ella sobreviviendo como podía, siendo rescatada por un ángel humano que ya tenía a tantos bajo su cuidado. La publicación agregaba que en el estado en el que estaba la perrita, seguro nadie iba a querer adoptarla. Me dormí viendo su foto.

Cuatro horas más tarde estaba desayunando en el hotel y llamando a quien la había rescatado. Ese mismo día comenzó nuestra historia, una historia de lucha, de amor, de paciencia, de subidas y bajadas para ambas. Pasamos momentos difíciles, ella estuvo muy grave, decían sus médicos que no se iba a salvar y si lo lograba, podría quedar ciega o con daño neurológico. Pero logró superar sus graves problemas físicos y hasta emocionales. Casi que me separo de ella, porque por un momento no podía con todo lo que tenía a cargo en mi vida, estaba desbordada y Marina reclamaba mucha atención. Tenía en casa dos gatas que no la aceptaban, mi madre estaba con problemas de salud, con mi pareja comenzaron los problemas en serio, me hacía cargo de temas familiares de ambos, tenía dos trabajos y dos casas para atender, a una de ellas la estaba remodelando yo sola. Me acostaba a las tres de la madrugada y me levantaba a las ocho. Durante la noche Marina solía descomponerse, vomitaba, le daba descompostura y muchas veces convulsionaba. Solo la calmaba el que yo la abrazara, le hablara al oído suavemente y la acariciara hasta que se dormía de nuevo.

Salimos adelante juntas. Luego de mi separación ella fué el mejor apoyo. Hizo que todo fuera muy sencillo. Nos volvimos inseparables.  

Sin saberlo, aquella noche de insomnio ambas dimos un paso trascendental en nuestras vidas. Nos necesitábamos mutuamente. Nos rescatamos la una a la otra. Fue como si el universo hubiera conspirado para unirnos en el momento preciso.

Marina me dio fuerzas para luchar por mi felicidad y por la de ella. Me hizo ver que ser fuerte y valiente trae su recompensa. Su pasión por vivir se me contagió. Su deleite por las cosas simples de la vida también. Ella vive con tanta intensidad que es imposible la tristeza a su lado.

Ya no se lo que es el insomnio. Dormir junto a Marina genera tal paz y seguridad que la relajación llega de forma natural. Despertar y sentirla junto a mi, o ver esa carita feliz de orejas caídas con una pelota en la boca, moviendo la cola al abrir mis ojos, no tiene precio. Si apago el celular al sonar la alarma y ella sabe que me tengo que levantar, me ladra o me salta arriba hasta que despierto del todo. Es la mejor forma de arrancar el día. En su mirada la inocencia, la lealtad, el amor más puro e incondicional.

Marina me a enseñado mucho. Pequeños ángeles nos dan grandes lecciones de vida.

6. ene., 2018

Tengo muchas anécdotas de mi niñez junto a mi padre. Algunas resultan muy interesantes. Ojalá más niños tuvieran un padre hoy como el que yo tuve la suerte de disfrutar. Su forma de enseñar y de educar era fantástica.

En aquel entonces era más normal el que los padres se hicieran tiempo de calidad para sus hijos y viceversa. Los adultos trabajaban la misma cantidad de horas que hoy en día, pero no habían tantas distracciones, y principalmente; no existían los celulares, computadoras, ni la internet.

Mi padre tenia un sin número de juegos que compartíamos, y aunque yo pensaba eran simples pasatiempos, encerraban un nivel de educación y entrenamiento que yo desconocía en ese entonces.

A los cuatro años me enseñó a jugar al ajedrez. También jugábamos al dominó y a las damas. Una de las grandes lecciones que aprendí de jugar al ajedrez con mi padre fue que no se trataba de ganar, sino de descifrar al adversario. En una sociedad que incita al humano de ser el número uno en todo, donde nos focalizamos en derrotar al otro, perdemos de vista las estrategias de juego y el verdadero significado de las cosas. Según mi padre, solo se podía vencer al ajedrez si nos adelantábamos mentalmente al movimiento del oponente. La meta no era la victoria, sino el descifrar a quien teníamos delante nuestro. Con el tiempo si jugábamos repetidas veces con la misma persona hasta podíamos detectar cuales eran sus estrategias habituales.

Otro juego con el que solíamos pasarnos horas era con el “barco hundido”. Nuevamente el sistema era el mismo que con el ajedrez. No había que centrarse en ganar hundiendo todos los barcos de nuestro oponente sino tratar de descifrar donde esa persona había colocado sus barcos, y así con el tiempo determinar patrones de conducta en el juego. Quien solo jugaba a ganar se perdía la mitad del pasatiempo, y tal vez, la parte más interesante y la más nutritiva en cuanto al ejercicio mental.

Mi padre amaba la música clásica, aparte de eso solo lo vi escuchar en disco de pasta a Charles Aznavour o a Edith Piaf.

En ese tiempo con mi madre escuchábamos a Abba y a Rafaela Carrá en disco de vinilo. Nos pasábamos con el “explota, explota me explo, explota explota mi corazón” y el otro famoso hit; “5353456, el teléfono dice que tu no estás”. Mi madre siempre fue un calco de Rafaela Carrá; cuerpo perfecto, menuda, cabello rubio y lacio bien pesado cortado en carré. Con ella cantaba y bailaba, pero con mi padre no podía hacerlo con su música clásica, así que mi padre encontró otra forma de interesarme en su gran pasión sin que me aburriera siendo una niña.

Me explicó que cada sinfonía tenia un significado, y que los acordes musicales representaban a las imágenes que se cruzaban en la mente del compositor mientras creaba su obra. Nada sencillo de entender para una niña pequeña así que mi padre me dibujaba las sinfonías. Era un excelente dibujante. Con gran velocidad a medida que se desarrollaban “las cuatro estaciones” de Vivaldi o “la consagración de la primavera” de Igor Stravinski, iba dibujando escenas que representaban los acordes que salían de la radio. El escuchaba la emisora de música clásica “El Sodre” todo el día. Así yo visualizaba la música y le encontraba un sentido mucho más profundo. Obviamente la película “Fantasía” de Walt Disney se volvió una obra de culto para nosotros. De esta forma logré comprender el mensaje oculto tras la música sin letras.

Otro pasatiempo que teníamos era jugar con diapositivas. De sus años viviendo en París (cuando hizo sus dos post doctorados en nutrición animal y fisiología) había regresado al Uruguay con un proyector de diapositivas y una colección completa de las obras del museo del Louvre. Así descubrí a la enigmática Gioconda y a dos de mis esculturas favoritas; la Venus de Milo y la Victoria alada de Samotracia. Resultaba una amena forma de aprender historia universal ya que me contaba el porqué de cada escultura o pintura. Me estimulaba además a tratar de descifrar que había querido representar el escultor o el pintor. Nuevamente me estaba enseñando a leer entre lineas. El agarraba cualquier diapositiva al azar y me preguntaba si recordaba que era y cual era su historia. Me resultaba fascinante.

Ademas de ir al cine a ver los clásicos para chicos íbamos a exposiciones de arte. Aprendí a disfrutar diferentes estilos de expresión en plástica, siendo mis dos exposiciones favoritas, la que se realizó sobre estilo Bauhaus cuando yo tenia unos ocho años aquí en Montevideo (aún conservo el libro) y otra exposición de pintura del fallecido Vito Campanela (italiano).

No teníamos tiempo para el aburrimiento y el tedio.

Jugábamos también a la compra/venta de verduras y frutas con dinero real así yo aprendía a pagar y a dar el cambio. Mi dislexia siempre me dificultó las matemáticas, hacerlas parte de los juegos me ayudaba mucho. Pero creo la máxima expresión del ingenio paterno se la llevó mi viejo con los mensajes encriptados para descifrar. Para mi eso era la frutilla de la torta.

Teníamos varios sistemas, aún recuerdo dos. Mi madre quedaba al margen de estos juegos porque realmente no le interesaba. Tenia ya demasiado estrés con la limpieza de una casona enorme, muchas mascotas conviviendo con nosotros, llevarme y traerme de la escuela, las reuniones del colegio y trabajar en los negocios de mi padre.

En ese tiempo entre las tantas actividades de mi viejo estaba el dar clases como médico veterinario en el interior del país, lo cual lo ausentaba de casa varias veces al año. Yo veía entonces disminuidos mis juegos con él, y por ese motivo inventó lo de los mensajes encriptados.

Le dejaba a mi madre al marcharse hojas en blanco que ella debía darme en determinados días pre asignados. Mi madre solía mirar las hojas en blanco dobladas en cuatro y le decía “ustedes están locos, aquí no hay nada escrito”. Mi padre le pedía que por favor entregara las hojas en el orden establecido.

Para cualquiera que las viera eran hojas vacías, pero no era así, había un mensaje oculto en cada una.

Una de las tácticas de mi padre era escribir sobre dos hojas. Luego de finalizar el mensaje rompía la hoja escrita de arriba. Quedaba la hoja de abajo marcada con la presión del lápiz sin que uno lo notara a simple vista. Sombreando con mucho cuidado la hoja con un lápiz Faber N°8 aparecía el mensaje.

Otro sistema que utilizaba era escribir sobre una hoja en blanco con una pluma de tinta antigua que mojaba en jugo de limón. Así luego que secaba la hoja quedaba como nueva pero si se le acercaba una vela encendida, un fósforo o un encendedor sin quemar la hoja, el mensaje quedaba marcado, porque el jugo de limón pasaba a tener color con el calor.

Luego venia la segunda etapa, que era descifrar el mensaje. Normalmente era una clave que podía llevarme largo rato de divagaciones varias y posibles interpretaciones. Todo conducía finalmente a chocolates, caramelos o chicles escondidos en la casa estrategicamente mientras yo estaba en la escuela. La separación entre días para la entrega de las hojas no solo era para mantenerme entretenida la semana que se pasaba afuera mi padre, sino también para que no me empachara de dulces en dos días. Luego cuando el regresaba a casa discutíamos el tiempo que me había llevado descifrar cada mensaje, así mi viejo se esmeraba más en las adivinanzas a medida que yo las descubría fácilmente.

Todos estos juego sin saberlo me favorecieron a futuro en mi etapa como investigadora científica, y actualmente como investigadora de misterios e interrogantes humanas varias.

Si será importante el tiempo que se le dedica a los niños. Hoy lamentablemente los padres regalan más notebooks, tables y teléfonos inteligentes que tiempo en juegos personalizados sin tecnología mediante. 

21. oct., 2017

Era comienzo de primavera. Frente a la cátedra de fisiología y nutrición animal de la Facultad de Veterinaria había un frondoso y pequeño bosque. Sus altos árboles se mecian con ganas en sus copas y zumbaban al viento.
Luego de una intensa noche de fuerte tormenta mi padre a las 8 de la mañana llega a trabajar a la universidad. Estaciona su auto y al descender escucha un llanto de pájaro herido. Comienza a buscar por entre las ramas rotas y encuentra a tres benteveos bebés gritando, asustados y mojados. Las alitas lastimadas y sin padres a la vista. Los entra a la cátedra y los coloca en una caja forrada por el buzo de lana que llevaba puesto.

Suena el teléfono en casa, atiende mi madre y él le pide me pase la llamada.

- ¡No sabes lo que tengo aquí! Tres pájaros hambrientos y lastimados. Cuando regrese a casa los llevo conmigo. Sácale a Loli su jaula y acondiciónala por favor que está toda sucia.

Loli era nuestra cotorra. Llevaba años con nosotros. Había aparecido caída junto al pino de la entrada de nuestra primer casa también con una alita rota luego de una noche de tormenta, no se había querido ir luego de recuperada.

Loli dormía sobre la heladera, esta cubierta con papel periódico (para no ensuciar), allí tenía su jaula.
Pero ella no estaba encerrada, andaba suelta por la casa. Dentro de la jaula tenia su tacho de comida y de agua. Cuando tenia hambre o sed ella abría la jaula y entraba a servirse.
Si hacia calor dormía sobre la jaula, pero si hacia frío se metía adentro y nosotros tapábamos la jaula con una manta.
Su snack preferido eran las semillas de girasol, por lo que plantábamos en nuestro jardín esas hermosas flores que giran buscando la luz.
De siempre ha sido la flor de girasol y la de jazmín mis flores favoritas. Por eso uno de mis perfumes preferidos es el Sunflower de Elizabeth Arden.

Loli podía pasarse horas abriendo semillas de girasol y escupiendo su cáscara.

Loli no se puso muy contenta cuando quité su jaula de arriba de la heladera para limpiar. Se pasó protestando horas.

Finalmente llegó mi padre en la tarde con los benteveos. Ya estaban menos asustados y no temblaban. Se acomodaron bien en la jaula y comieron con ganas.
Loli demostró su disgusto por la presencia de los intrusos volando por toda la casa a los gritos.

Cuando mi madre cocinaba, Loli solía posarse sobre uno de sus hombros y le mordisqueaba una oreja si veía algo que quería probar.

Los días transcurrieron en casa con los benteveos recuperándose de las heridas y ganando peso mientras Loli los vigilaba atentamente. Yo los había bautizado como Hugo, Paco y Luis, en honor a los sobrinos del famoso pato Mc Donald.

Mi padre me había ya explicado que al sanar y crecer quedarían en libertad, que ese era el estado natural de los pájaros, y que Loli estaba con nosotros por voluntad propia y sin necesidad de rejas.

Y llegó el día de la liberación. Que tristeza para mi. Me había encariñado con ellos. Fuimos con la jaula al mismo lugar donde habían caído de su nido, me senté en el pasto y abrí la jaula; ninguno quiso salir. Estaban asustados y desconfiados de tanto sonido de pájaro alrededor.

Los fui sacando de a uno y colocándolos sobre mi brazo izquierdo. Lentamente fueron acomodando sus alas. Luego de unos largos 15 minutos volaron hacia la copa de los arboles.
Los empece a llamar por su nombre y me respondían con el clásico trinar de los benteveos.

Durante varios dias concurri al mismo lugar a llamarlos y obtenía sus respuestas.
Finalmente, asi como los liberé de su jaula, tambien los liberé de mi alma.

21. oct., 2017

Los domingos con mi padre teníamos un ritual; ir a desayunar juntos al bar de 18 de Julio y Tristán Narvaja y luego recorrer la famosa feria de "pulgas". A el le gustaba el reciclaje tanto como a mi ahora. Compraba piezas antiguas y con ellas armaba muebles o artefactos varios. La mesa de mi living esta fabricada con la parte inferior de una silla de barbero, y en la casa donde vive mi madre tengo una lámpara de pié en bronce hecha con partes adquiridas en esa feria de Tristán Narvaja.

Era domingo de primavera y yo tenía unos 12 o 13 años. Hermoso día soleado. Aproximadamente a las 9 de la mañana Íbamos en nuestro Ford Scort azul del 79 por Avenida 8 de Octubre rumbo al túnel cuando a la altura de Garibaldi vemos como un auto atropella a un perro y se da a la fuga. El perro quedó gritando de dolor al costado de la acera.

Rápidamente mi padre (medico veterinario) detiene el vehículo, se baja y abre la cajuela del auto. Agarra su botiquín de primeros auxilios y me lo tira por la ventana. Me indica además que me pase al asiento trasero del auto enseguida. Toma una manta (siempre teníamos materiales de rescate y primeros auxilios en la valija del vehículo) y corre a levantar el perro atropellado. Yo con terrible ansiedad lo esperaba en el asiento posterior del auto. Me entrega al animal, abre el botiquín y comienza a atender una pata con fractura expuesta.
Me dice que hay que operar. Lo más cercano era el hospital de San Francisco de Asís en el centro. En esa época había atención publica para mascotas de urgencia en Montevideo, ya no hay por desgracia.

Uno de sus amigos y colegas estaba de guardia ese día. Ingresamos al paciente y rápidamente fue a evaluación y cirugía. El perro no tenía identificación pero si collar, así que supusimos tenía dueño. Estaba bien alimentado.

Mi padre ordenó me quedara en el hospital y en lo posible diera una mano a los veterinarios con la enorme cantidad de perros que esperaban turno ese domingo al menos sirviéndoles agua en la sala de espera, mientras el regresaba al lugar del accidente a tratar de averiguar si el perro accidentado era de la zona.

En esa época no existían celulares y las máquinas de foto eran de rollo así que empezó a tocar timbre casa por casa y a consultar con la gente, solo dando las características del animal. Y dio con sus dueños a las 2 horas de búsqueda. Eran personas de escasos recursos, y el animal se les había escapado. Mi padre les aseguró el perro iba a estar bien y que luego que saliera de cirugía y pasara unas horas de post operatorio el mismo lo llevaría de regreso a su casa. Les anotó el número de linea del hospital y les dijo llamaran y se informaran si querían novedades en las próximas horas. Todo el asunto duró hasta entrado ya el anochecer.

A todo esto y con la ansiedad del atropellamiento mi padre olvidó por completo avisar a mi madre de que nada nos había sucedido. Ella nos esperaba para almorzar. Recién a las 17 hrs recordó llamarla. Mi madre ya suponía estaríamos metidos en alguna emergencia con animales.
Salimos con el perro del hospital a las 19 hrs aproximadamente. Ya el perro entablillado y tranquilo con sedante y calmante.
Mi padre se ofreció gratuitamente a seguir atendiendo el caso diariamente a domicilio hasta que el animal se recuperara por completo.
La señora de la casa que era muy buena cocinera, nos lo agradecía con ricas tortas y pizzas caseras.

21. oct., 2017

Cuando niña tenía fascinación por buscar tréboles de cuatro hojas. Cuando iba a los parques y veía un colchón de tréboles en el pasto me podía pasar rato largo revisando a ver si encontraba el famoso trébol de la buena suerte.
En aquella época nos entreteníamos con las cosas más simples.

De las etapas más bellas de mi niñez resultó ser el acompañar a mi padre en su trabajo de la Facultad de Veterinaria cuando era profesor grado 5 de fisiología y nutrición animal. No solo tenía acceso a los animales y el laboratorio, también a muchas actividades divertidas.
Cuando tenía escuela en la tarde solía pasar con mi padre unas horas durante la mañana, y cuando la escuela era de mañana, pasaba con él en la facultad unas horas en la tarde como "ayudante de laboratorio". Y estaba realmente convencida de que mi trabajo era serio y necesario.

Mientras mi padre dictaba sus clases y escribía en el pizarrón, yo era la encargada de borrar cuando él me daba la orden. También estaba encargada de acomodar las tizas blancas y de color junto con el gran borrador de madera, y de avisar cuando la caja de tizas se iba acabando.
Le daba de comer a las pobres ratas del laboratorio y solía atender el teléfono para risa de sus colegas de escucharme decir "cátedra de fisiología animal y nutrición buenas tardes que desea". Del otro lado al escuchar mi voz infantil solían quedar mudos unos segundos.
Muchas veces trabajando ya de adulta como investigadora científica en la Facultad de Ciencias al atender el teléfono y decir "oceanografía, con quien desea hablar" me acordaba de mi niñez.

Una mañana mi padre dice que me esperaba una sorpresa en la facultad. Yo ya imaginaba un bebé puma del zoológico, o algún ciervo que eran mis preferidos de atender.

En esa época mi madre confeccionaba mi ropa, casi toda en azul o verde que eran (y aún son) mis colores favoritos.
Mi padre le sugiere a mi madre que me vista de verde ya que estaba relacionado a lo que me esperaba, era una pista. Llegué a pensar que estarían internadas un par de cotorras como la que teníamos en casa.

Llegamos a la facultad y nos fuimos a los fondos de la cátedra de nutrición y fisiología animal. Estaba bastante silvestre esa zona en aquellos tiempos, donde habían varios recintos para animales con mallado. Uno de ellos estaba vacío y muy verde. Mi padre me anima a entrar, pero yo no veía ningún animal allí adentro. Ante mi consternación del recinto vacío me dice que busque un trébol de cuatro hojas. Y ahí me doy cuenta estaba parada sobre un césped de tréboles. Me pareció maravilloso y me tiré a revolver. Para mi sorpresa el primer trébol que vi era de cuatro hojas, y luego el segundo, y el tercero. Prácticamente todos eran tréboles de cuatro hojas ¡No podía creerlo! Eso era inaudito para mí ¡Era magia!

Ingeniería genética, una especie de trébol solo de cuatro hojas, no recuerdo cual era el motivo del “milagro”, salvo que era el experimento en genética de un colega de mi padre.

Ese día me llevé tréboles de la suerte para regalar a toda la familia y vecinos.

Un trébol de cuatro hojas es uno de los tantos tatuajes que tengo pendiente aún de hacerme.